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Gerardo Meneses Claros y el arte de hacer literatura infantil en medio del conflicto armado

El ganador del Premio Barco de Vapor y del Premio Nacional de Literatura Infantil en Colombia, hace un repaso por su trayectoria.

  • Redacción AN / HG
05 Jul, 2026 07:25
Gerardo Meneses Claros y el arte de hacer literatura infantil en medio del conflicto armado

Por Héctor González

En la carrera de Gerardo Meneses Claros (Colombia, 1966), 2009 marcó un punto de inflexión. Aquel año conoció de cerca el conflicto armado en su país y cambió el rumbo de su literatura. Al recorrer su país y adentrarse en los pueblos dominados por la guerrilla descubrió una realidad que necesitaba ser contada. La experiencia, además de casi costarle la vida, le permitió escribir una trilogía conformada por las novelas La luna de los almendros (Panamericana), El rojo era el color de mamá (Loqueleo) y Bajo la luna de mayo (Norma).

Ganador de los premios Nacional de Literatura Infantil (2005), Latinoamericano de literatura juvenil (2006), Barco de Vapor (2011), Lista White Ravens, Alemania (2013), Meneses Claros es maestro de niños en la Escuela Normal Superior de Pitalito, región donde vive y desde donde ha construido una respetada trayectoria como narrador para las infancias.

¿En qué momento ves que es necesario contar la realidad del conflicto armado en Colombia a los niños?

Para mí fue impactante, y lo digo con algo de vergüenza, descubrir el otro lado de mi país. Antes de escribir el primero de los libros que componen esta trilogía, había escrito diecisiete títulos, incluso algunos premiados, que contaban un mundo perfecto y de fantasía. De la mascota que se pierde o de la niña que se enamora. En todos había juegos, padre y madre, es decir, lo que tendría que componer una infancia “normal”. Pero en 2009, cuando una de mis editoriales me llevó de gira a la selva descubrí la otra cara de mi país. Al llegar al pueblo de Mocoa, capital del departamento de Putumayo, muy afectado por la guerra y los militares me descoloqué. La primera imagen que vi fue la de una familia muy joven sentada en una banqueta sin ninguna ilusión. La mirada del niño me impactó al punto que me acerqué a platicar con ellos. Les pregunté qué les había pasado, de dónde venían y su respuesta me paralizó: “de donde nos sacaron”, dijeron. La charla con ellos me sacudió y me llevó a cuestionarme por qué no había puesto mi atención en esa Colombia.

Una cosa es tomar conciencia y otra muy distinta es contar esa problemática.

Uno escribe bien sobre lo que conoce y yo el conflicto no lo conocía. Incluso me había negado a conocerlo porque no quería escribir historias duras para niños, pese a que en mi país había niños que las padecían. Apenas regresé de aquella gira me propuse investigar sobre los niños que estaban en medio del conflicto armado y me puse a recorrer buena parte del país. Duré más o menos un año viajando. Nunca le dije a mi familia que en realidad me iba a los pueblos a pedirle permiso a la guerrilla para entrar. Mis editores me regalaban libros y mi escudo era que les armaba una bibliotequita para regalar, todo esto me permitía investigar. Recogí muchas historias, pero desde una perspectiva casi periodística.

¿Te abrían las puertas fácilmente en las guerrillas?

Después de interrogatorios arduos me dejaban entrar, eso sí, siempre custodiado y vigilado. Esto fue en la época en que existían o estaban muy fuertes las FARC, te estoy hablando de finales de 2009 y 2010. En un par de ocasiones sí estuve en situación de peligro, en una de ellas después de haber pasado toda la jornada con ellos, un tipo me manda llamar y me retiene. No me dejaba salir, y después de tres o cuatro horas de malos tratos, ocurrió lo que considero un milagro. En un momento de valentía de mi parte, lo encaré y le pregunté si nunca nadie le había leído un cuento y le abrazara, en ese instante el comandante se derrumbó. Cuando pudo hablar me contó que la guerrilla lo había reclutado a los cuatro años. Comenzamos a platicar y terminamos como a las cuatro de la mañana. Así pude comprender su odio, el dolor de la guerra y el impacto que eso tiene en un niño.

¿Cómo terminó esa noche?

Bebimos mucha aguardiente y él se emborrachó. Ya cuando estaba a punto de dormirse me dijo que me acomodara y me quedara, pero le dije que no podía. Me preguntó si volvería después y desde luego le respondí que sí. Una chica me dijo cómo llegar al muelle y me pude regresar en lancha. A los cuatro meses volví, pero ya había muerto. Lo habían matado.

¿Registraste eso en alguno de tus relatos?

No pude escribir sobre eso en La luna en los almendros, la novela que recoge aquella época. Me pareció muy fuerte, todavía te lo cuento y se me eriza la piel. Creo que es la primera vez que lo cuento para un medio, es un episodio casi sagrado de mi vida. Me sentía en el borde preciso entre la vida y la muerte. Es un pedacito de la vida que no he querido tocar ni siquiera en los libros pero que me permitió entender a los niños de mi país y preguntarme si el conflicto armado era justo para un niño.

A lo largo de tu carrera has demostrado que es necesario hablar de estos temas a las infancias, pero ¿en algún momento encontraste algún editor que te sugiriera no hablar de esto?

Mis editores han sido muy acuciosos con estos libros, como también los jurados que los han premiado. Al darles reconocimientos les dan un escudo. Creo que lo importante es abordar el conflicto desde una perspectiva y con un tratamiento humano. Procuro que tanto mis lectores rurales como urbanos se sientan tocados por las historias.

¿En qué medida libros que tocan estos temas se convierten en acompañantes de los niños en un momento tan complicado?

No puede haber temas vedados a la literatura infantil. Si somos un país inmerso en un conflicto armado que toca a cientos de niños siento la necesidad de hablar de eso. Si hay un problema de niños abandonados por sus padres, igual siento la necesidad de hablar de eso. Si la muerte es inevitable, siento la necesidad de tocar ese tema.

¿Qué le aporta a un niño hablar de la muerte, de los desaparecidos y de los desplazamientos?

Le da en principio, perspectiva de país. Alguien que no está dentro del conflicto le puede decir a su hija o hijo, que observe y aproveche lo que tiene. Si hablamos de la muerte o la enfermedad le damos perspectiva de vida, y un libro le permite expresar lo que siente e identificarse con lo que vivió, cuando eso sucede el libro se vuelve cómplice. Los niños son más inteligentes de lo que uno cree.

A partir de La luna en los almendros, el presidente Juan Manuel Santos te invitó a los diálogos de paz. ¿Cómo fue esa experiencia?

En mi grupo había cinco escritores. Cuando se anunciaron los diálogos de paz por parte del presidente Santos al principio se daban de una manera casi oculta. Hubo unos diálogos en La Habana. Se reunían los mayores representantes de la guerrilla con representantes del gobierno. Mientras eso ocurría, en las provincias colombianas los ministerios tenían que diseñar políticas dirigidas hacia eso. El Ministerio de Cultura diseñó unas narrativas de paz para las cuales invitó a escritores que hubieran trabajado esos temas. Nos tocaba trabajar con los maestros y los directamente afectados, el simple hecho de hablar ya les ayudaba. En medio de eso conocí muy de cerca el efecto de los paramilitares, de esa experiencia se desprende mi novela Bajo la luna de mayo, que es una historia más juvenil y con la cual cierro la trilogía.

¿Se podría hablar de que hay un subgénero literario en Colombia relacionado con el conflicto armado?

No diría que es un subgénero, pero sí hay un capítulo de la literatura infantil dedicado al conflicto armado colombiano. Es paradójico porque el mundo de los niños no debería ser así y por lo mismo son libros que no deberían existir, pero al mismo tiempo hay que dejar constancia de eso.

¿Cómo se cuidan de no caer en la revictimización de esto?

Creo que casi no se da, porque cuando estás en los territorios en conflicto te das cuenta de que la vida es “normal”. Hay cosas de humor, vida cotidiana, fiesta.

¿Escribir para niños te permite mantener cierta esperanza en el futuro?

Sí. Lo que uno más quisiera es que un niño tomara un libro y fuera feliz leyéndolo, pero en la vida no todo es color de rosa. La película La vida es bella es un buen ejemplo, porque se cuenta algo dramático, pero de una manera hermosa. La forma en que contamos las historias nos permite mantener una esperanza relacionada con que los niños están vivos por lo menos. Y mientras haya vida hay esperanza.

¿La Colombia actual qué tan lejos está de esta realidad?

No sé, los gobiernos pasan y pasan, y uno se ilusiona. Pasa uno de izquierda y luego uno de derecha, y parece ser un asunto de nunca acabar. No quiero sonar desesperanzado, pero está tan relacionado el conflicto armado con el narcotráfico que eso complica mucho las cosas.