Derecho de las audiencias o libre albedrío | Artículo de David Ordaz
Hoy en México, la mentira tiene un nuevo ingrediente: la victimización. Mentir y victimizarse como fórmula de gobierno. Ese es un punto más del legado maldito de Andrés Manuel López Obrador.
- Redacción AN/ SBH

Ha pasado una semana desde que Claudia Sheinbaum y su consejera jurídica Luisa María Alcalde anunciaron los nuevos lineamientos de derechos de las audiencias (lo que eso signifique), que no es más que una herramienta que ideó el gobierno para sancionar a cualquier medio de comunicación o periodista que (según ellos) no distinga en sus espacios la diferencia entre informar y opinar.
“Maten al mensajero” es una frase que se usa desde tiempos antiguos, usadas por reyes y gobernantes, quienes preferían desaparecer a quien no les decía lo que querían en lugar de enfrentar los cuestionamientos. Ahora en su versión segundo piso de la cuarta transformación, es prácticamente lo mismo.
La incongruencia de la presidenta y su gobierno es de tal magnitud que, o no dimensionan que las propias reglas que ellos quieren imponer a los medios de comunicación, ellos las violan todos los días en la conferencia mañanera o simplemente se las pasan por el arco del triunfo.
Claudia Sheinbaum, Jesús Ramírez, José Merino y seguramente muchos más, argumentan que los medios tienen la obligación de presentar información de manera correcta pues actualmente no lo hacer de forma veraz y para ello pondrán a un “sensor” que decidirá entre lo correcto y lo incorrecto. Pero, ¿quién determinará entre esos dos conceptos?; ¿qué criterio se usará para ello?; ¿qué credenciales deberá tener ese sensor para ser el dueño de la verdad a conveniencia?
Para eso existe otra opción que se llama libre albedrío, que no es más que la capacidad de las personas para tomar decisiones y actuar por voluntad propia. Es tan fácil como tener un control remoto de la televisión para cambiar de canal o la capacidad de cambiar a otra estación de radio o plataforma digital o comprar un periódico u otro.
La presidenta, su gobierno y sus “expertos” en “audiencias” creen estar por encima del derecho que tiene cualquier persona para decidir que ver, escuchar o leer y por ende de opinar o cuestionar.
Por increíble que parezca, de verdad creen que las personas necesitan de una niñera que les diga a quién ver o qué contenidos consumir sin criterio propio. Además, el reglamento obliga a que los programas de la radio y la televisión pongan distintivos para advertir que un contenido mezcla noticias con opiniones, con la amenaza de que si no cumplen con esto puede haber multas.
Es cierto que los medios de comunicación tienen líneas editoriales íntimamente ligadas a intereses políticos, económicos, empresariales, de seguridad, etc. y que desde hace décadas se han utilizado como poder fáctico para influir en la sociedad.
Dice Sheinbaum: “¿qué es lo que ha venido pasando, sobre todo, en los últimos años y particularmente ahora? Se miente. Particularmente los comentócratas, pero también muchos medios de comunicación. Se miente. Por eso digo, que son las notas de opinión o las opiniones de ficción. Son ficción. Ya ni tomo tiempo a veces en La mañanera para hablar de los comentócratas, porque es tan absurdo lo que dicen que ni tiene caso estar aclarando cada cosa. Pero es parte de un vínculo que tienen entre todos ellos que no quieren al gobierno. ¿Y por qué no lo quieren? Pues porque no les dan mucho chayote, así, tan sencillo como eso. Porque nosotros no le damos dinero a un periodista, a un reportero, para que diga lo que queremos que diga. Sí hay recursos que se distribuyen en medios de comunicación a partir de sus audiencias esencialmente es el esquema que tomamos. Hay algunos a los que no les damos. TV Azteca no recibe, Reforma tampoco, El Universal tampoco. Abiertamente lo digo”.
Esta declaración, por demás reveladora, solo comprueba lo que siempre ha sido un secreto a voces, por que no solo habla de dinero público, sino del uso discrecional del mismo para repartirlo entre quienes hablan bien de ella y los que no.
¿Bajo esa idea tan clara y contundente (por no decir de un cinismo total) comenzará a funcionar este mecanismo de las audiencias?; ¿quién y cómo se garantizará que el gobierno no terminará castigando los contenidos y opiniones que considere incómodos o no favorables a sus intereses?; bajo el mismo criterio, ¿la mañanera y las conferencias de prensa del gobierno también deberán sujetarse a esas normas o ellos tienen la verdad única?
Se dice que aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo y fue en 1977 cuando el popular presentador de televisión David Frost, consiguió una entrevista con el entonces presidente estadounidense autoexiliado Richard Nixon, quien había renunciado por el escándalo del Watergate.
A Nixon le llegaron dos propuestas de entrevista, la de Frost y otra con Mike Wallace, una leyenda del periodismo crítico en ese país.
Cuando Nixon eligió a Frost, lo hizo sabiendo que lo superaría fácilmente y se abría la posibilidad de exonerarse. Y casi lo logró.
Fueron varias horas de entrevista donde el expresidente pasó por encima de su entrevistador, enalteciendo sus acciones de gobierno y sus decisiones que lo hacían ver como un gran presidente y político.
En una pausa que Frost se dio con su equipo, su productor John Birt lo encaró y le dijo: “recuerda que es un político, no olvides que estás frente a un pillo mayor”. Ese día, David lo tuvo contra las cuerdas cuando lo hizo confesar: “si el presidente lo hace, eso significa que no es ilegal”.
Los años pasan y en todo el mundo los políticos también, pero siempre, sea quien sea, con esa característica: la mentira.
Hoy en México, la mentira tiene un nuevo ingrediente: la victimización. Mentir y victimizarse como fórmula de gobierno. Ese es un punto más del legado maldito de Andrés Manuel López Obrador.
También fue Nixon y su gobierno quienes se lanzaron contra el New York Times y el Washington Post por la publicación de archivos del Pentágono sobre la guerra de Vietnam. El caso que llegó hasta la Corte Suprema dio un veredicto histórico: “los padres fundadores le dieron a la prensa libre la protección que debe tener para hacer su función esencial en nuestra democracia. La prensa debe servir a los gobernados, no a los gobernantes”.
Insistimos. Se llama libre albedrío. No hay mejor tribunal, comisión, gobierno o tribunal que las audiencias mismas y su libertad de cambiar de canal o dejar de seguir una plataforma que no quieran.








