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La difícil tarea de erradicar el hambre ante el cambio climático | LANBioCC

En México, alrededor del 80% de las personas dedicadas a la producción de alimentos son productores de pequeña escala. En el caso de la agricultura, esto implica parcelas menores a cinco hectáreas, muchas de las cuales carecen de acceso al riego.

  • Redacción AN / SH
13 May, 2026 14:43
La difícil tarea de erradicar el hambre ante el cambio climático | LANBioCC

Por Carolina Ureta*
Laboratorio Nacional de Biología del Cambio Climático

Erradicar el hambre implica garantizar la seguridad alimentaria. Mientras que el hambre se define como una condición de subalimentación crónica, la seguridad alimentaria se refiere al acceso permanente a alimentos suficientes, inocuos y nutritivos. Sin embargo, producir alimentos en cantidad suficiente no garantiza que todas las personas puedan acceder a ellos. Cuando la producción alcanza para abastecer a la población se habla de suficiencia alimentaria, una condición que, de acuerdo con diversos especialistas, existe a escala global desde hace décadas. Aun así, alrededor de 800 millones de personas padecen hambre cada año y cerca de 8 millones mueren como consecuencia de esta condición, lo que evidencia que producir suficiente alimento no es suficiente para erradicar el hambre, ni a nivel mundial ni en México (Objetivo de Desarrollo Sostenible 2, ONU).

Este problema se agrava cuando, además de una distribución desigual e injusta de los alimentos, se presentan reducciones en los rendimientos y en la producción agrícola, situación que puede estar estrechamente vinculada al cambio climático. Los sistemas alimentarios están constituidos por organismos vivos —cultivos, ganado, peces y organismos silvestres— que tienen rangos óptimos de temperatura y humedad. Alteraciones en estas variables afectan su desarrollo y se reflejan directamente en la producción y el rendimiento. Aunque estos sistemas puedan recibir manejo humano, la efectividad de las alertas tempranas y la capacidad de adaptación varían considerablemente según la región geográfica y las condiciones de quienes producen los alimentos.

En México, alrededor del 80% de las personas dedicadas a la producción de alimentos son productores de pequeña escala. En el caso de la agricultura, esto implica parcelas menores a cinco hectáreas, muchas de las cuales carecen de acceso al riego. En contextos de sequía, esta limitación reduce drásticamente la capacidad de adaptación y, además, impide el acceso a seguros agrícolas, incrementando la vulnerabilidad frente al clima. A pesar de estas condiciones, estas personas contribuyen de manera significativa a la producción agrícola nacional y desempeñan un papel clave en la conservación de la biodiversidad agrícola, particularmente de cultivos de los que México es centro de origen y diversificación, como el maíz.

Históricamente, la diversidad de variedades nativas y el intercambio constante de semillas han sido estrategias fundamentales para enfrentar la variabilidad climática —una razón más para evita la presencia de transgenes, ya que el intercambio de semillas podría verse limitado o en riesgo—. No obstante, en años recientes estas medidas han resultado insuficientes, obligando a las personas productoras a adoptar alternativas que afectan otros ámbitos de su vida. Un ejemplo es la renta de tierras a empresas tequileras en regiones como Guanajuato. Para comunidades donde el cultivo de maíz forma parte de su identidad, la sustitución del paisaje agrícola tradicional por monocultivos de agave no solo compromete su seguridad alimentaria, sino también su cultura y tradiciones.

A ello se suma el abandono del campo, que, en regiones como los Altos de Chiapas ha resultado en la erosión del conocimiento tradicional y la disminución de la implementación de prácticas de manejo que podrían favorecer la adaptación al cambio climático, como la conservación de controladores biológicos de plagas, incluidos los murciélagos.

Para proponer e implementar medidas efectivas de adaptación que aumenten la resistencia de los sistemas agrícolas y pecuarios frente al cambio climático, es indispensable contar con conocimiento básico sólido, particularmente a través del monitoreo y la identificación de riesgos. En México, de los numerosos cultivos de importancia alimentaria (~120), solo unos pocos —principalmente maíz, frijol, caña de azúcar y café— han sido evaluados bajo escenarios de cambio climático. Afortunadamente, el país cuenta con más de 20 años de biomonitoreo agrícola a nivel municipal, con registros de rendimiento, producción y área siniestrada (SIAP). Aunque estos datos no capturan la diversidad de las variedades de cultivos, constituyen una base valiosa para identificar tanto cultivos como regiones particularmente vulnerables.

Sin embargo, la identificación de riesgos debe complementarse con trabajo de campo y un entendimiento profundo de las necesidades regionales, a fin de brindar herramientas adecuadas para la implementación de medidas de adaptación al cambio climático. Si bien existen políticas públicas en materia de agricultura y cambio climático sustentadas en conocimiento científico, con frecuencia estas no se reflejan en las prácticas locales. Productores y productoras señalan la falta de acompañamiento técnico como una de las principales razones, lo que les lleva a retomar prácticas antiguas que, ya no siempre son efectivas bajo las condiciones climáticas actuales.

Además, persisten vacíos de conocimiento en sectores clave como el pecuario, donde la literatura científica es limitada, y en la pesca, donde apenas comienzan a desarrollarse estudios —en el laboratorio nacional de la biología del cambio climático empezamos a trabajar con peces de agua dulce— bajo escenarios de cambio climático. Otra línea de investigación emergente es la relacionada con plagas y enfermedades, donde se han logrado algunos avances en la identificación de zonas de riesgo y el diseño de sistemas de alerta temprana y manejo integral. Finalmente, debe destacarse la importancia de los organismos silvestres de consumo, como los hongos comestibles, cuya situación ante cambio climático apenas empieza a ser estudiado.

En este contexto, resulta fundamental redoblar esfuerzos en la generación de conocimiento sobre organismos de importancia alimentaria bajo condiciones de cambio climático. Contar con información sólida y de largo plazo permitirá avanzar hacia estrategias de adaptación más efectivas, reducir el riesgo de pérdidas en rendimiento y producción, y contribuir al fortalecimiento de la suficiencia y la seguridad alimentaria en México y el mundo. No obstante, es importante subrayar que este conocimiento, aunque indispensable, representa solo una parte de la solución al problema del hambre, ya que producir alimentos suficientes no garantiza por sí mismo su acceso equitativo; sin embargo, constituye un componente fundamental para enfrentar este desafío.

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Carolina Ureta* es bióloga egresada de la Facultad de Ciencias de la UNAM, donde obtuvo mención honorífica y la Medalla Gabino Barreda. Realizó la maestría en Tecnología Ambiental en el Imperial College de Londres con beca Conahcyt y, en 2014, se doctoró en Ciencias Biológicas en el Instituto de Biología de la UNAM. Posteriormente realizó dos estancias posdoctorales con beca DGAPA, en la Facultad de Ciencias y en el Instituto de Ecología. Su tesis doctoral recibió el primer lugar en el concurso Tesis Puma en Desarrollo Sustentable (2015). Actualmente es Investigadora por México-Secihti, adscrita al Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM, y pertenece al Sistema Nacional de Investigadores, nivel I. Es autora de diversas publicaciones científicas indizadas y capítulos de libro. Además, ha coordinado y coescrito un libro. Tiene más de 80 productos de divulgación y difusión; entre los que se encuentran ponencias magistrales.

En el ámbito de formación de recursos humanos, ha dirigido varias tesis de licenciatura y posgrado como tutora principal, además de colaborar como parte del comité tutor de más estudiantes. Actualmente tiene seis estudiantes de licenciatura, dos de maestría y dos de doctorado, y es tutora acreditada en los programas de posgrado en Ciencias de la Tierra, Ciencias Biológicas y Ciencias de la Sostenibilidad. Con nueve años de experiencia docente en la UNAM, fue responsable durante cinco años de la asignatura Taller escrito y verbal del trabajo científico en los posgrados en Ciencias Biológicas y Ciencias de la Tierra. En 2023 y 2025 impartió la materia Desarrollo Sostenible y, coordinó el seminario Ecología geográfica en un mundo cambiante en la Licenciatura en Ciencias de la Tierra. Actualmente imparte Ecología y Desarrollo Sostenible en el Posgrado en Ciencias de la Tierra. Ha participado como evaluadora en el actual Secihti (SNII, Laboratorios Nacionales, Programa de Posgrados de Calidad), así como en otras instancias, entre ellas Conabio. Su línea de investigación se centra en el cambio climático, la conservación de la biodiversidad y la agrobiodiversidad, y sus implicaciones en la seguridad alimentaria. A la par de su carrera científica es bailarina profesional de danza contemporánea.

 

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