“Mi literatura tiene que provocar tensión”: Hiram Ruvalcaba
El narrador tapatío habla sobre Los inocentes, su libro de cuentos más reciente.
- Redacción AN / HG

Por Héctor González
Para leer los cuentos de Hiram Ruvalcaba (Zapotlán El Grande, 1988) se requiere estómago. A lo largo de su trayectoria el escritor tapatío se ha distinguido por hacer una literatura donde los personajes no tienen respiro. “La literatura sirve para mostrarte cosas que tú no quieres vivir en carne propia”, afirma en entrevista a propósito de Los inocentes (Era), su libro más reciente.
El volumen reúne relatos que hablan de varios tipos de violencia particularmente infantil. Aquí vamos a encontrar humillación, crimen y crueldad, pero también el compromiso de un narrador que pretende tocar las fibras más íntimas de sus lectores sin sacrificar la experiencia estética que supone leer un buen texto.
Uno de los rasgos de tus cuentos es la dureza, dosis que repites en Los inocentes…
Es verdad, escribí los cuentos de este libro a lo largo de los años. El proceso se centró en la exploración de la infancia y el maltrato como temas. También me interesaba abordar la violencia que se ejerce desde la autoridad moral en todos los estratos sociales, en la familia, en la calle, en las instituciones. Creo que a partir de estos puntos podemos pensar cómo se está configurando el modelo social contemporáneo. Por otra parte, la infancia me parece que es uno de los sectores más vulnerables en la población y a la vez uno de los más olvidados y maltratados.
En otro libro habías hablado de esto desde el punto de vista de los padres, ahora te centras en la perspectiva infantil.
La violencia afecta a los niños de muchas formas. El abandono paterno es uno de los temas más cabrones que tenemos en este país, es una situación muy compleja, llena de aristas, donde finalmente el principal afectado es el niño abandonado. Hace un par de años el 40% de los hogares en México no tenían una figura paterna. La cifra es terrible porque quiere decir que la mitad de nuestros niños son abandonados, y por lo tanto son vulnerables a muchas cosas: al maltrato, a que el crimen organizado los agregue a sus filas, en fin, a toda una serie de problemáticas. Traté de explorar tres o cuatro aspectos que me parece, violentan con mayor claridad a los niños. El primero es la prostitución infantil, otro es la marginalidad, uno más es el trabajo infantil. Creo que si los cuentos son difíciles es porque están relacionados con eventos que son muy frecuentes en nuestra realidad, de alguna manera hay una reflexión sobre como el sistema neoliberal fuerza a las sociedades a maltratar sistemáticamente a las infancias.
¿Por qué llevar a tus personajes a los extremos de la violencia?, ¿qué encuentras en los límites de la condición humana para tu literatura?
Siempre he pensado que uno aprende más cuando uno explora los límites de su propia humanidad. Si pongo a mis personajes en una situación cómoda, seguramente no van a crecer, y por lo tanto yo como autor tampoco voy a crecer. Por eso intento pensar qué puedo hacerle a este personaje para obligarlo a transformarse y atravesar un proceso de madurez. Esto es válido tanto para los personajes adultos como para los personajes infantiles. ¿Qué es lo peor que le puede pasar a un cabrón cuando se divorcia?, pues que te alejen de tu hijo, al menos eso fue lo que yo temía cuando me separé.
Una constante de tus personajes adultos es la tristeza o la depresión, ¿por qué?
Es verdad, creo que la mayoría de los hombres son incapaces de expresar sus emociones y por eso recurren a las únicas que sienten, les son permitidas: la ira y la melancolía. La frustración, la felicidad y conmovernos por algo que vemos en la tele, son emociones que nos están vedadas por eso hay muchos vatos deprimidos, por eso el índice de suicidio masculino es mayor que el femenino también. Hay una crisis identitaria y emocional muy grave en mis personajes, pero también en el hombre de nuestro país y del mundo en general. Por eso trato de poner sobre la mesa temas que nos obliguen a preguntarnos cómo vivimos nuestra realidad.
Me da la impresión de que antes de escribir tus cuentos te documentas con estadísticas.
Peleo mucho con la gente en internet por eso tengo que estar bien preparado. Uno de los mayores compromisos que uno tiene como autor literario no es la veracidad sino la verosimilitud, esta es la barrera que nos distingue de otras formas narrativas como el periodismo. Si voy a hablar de violencia contra las infancias tengo que documentarme para saber qué está pasando, lo mismo si voy a hablar de migrantes. Es decir, sí me pongo a investigar, es algo que viene de mi formación periodística, pero sobre todo de mi formación humanista.
¿Cuál es tu método al escribir un cuento?
Digamos que he elaborado un procedimiento, pero se ha modificado con el tiempo. Alguna vez Eduardo Antonio Parra me dijo: “cuando tú crees que ya sabes qué onda con el cuento, ya valiste madre” porque entonces ya no creces ni intentas innovar. Estoy de acuerdo con él, hay cosas técnicas que uno va dominando con el paso del tiempo, pero de repente lees algo y se te revela. Todo el tiempo intento incorporar aspectos técnicos o teóricos a mi propia narrativa. Lo que sí trato de seguir como una norma casi axiomática es que mi literatura tiene que provocar tensión. Si el cuento no me angustia, ni me hace preguntarme cosas asumo que no está bien escrito y tengo que replantearlo. Es un ejercicio de honestidad creativa, pero también es un ejercicio para protegerme a mí mismo, si no me conmuevo cómo voy a esperar que alguien que no tiene ningún tipo de vinculación emocional con mi libro o con mi texto sienta estas emociones.
¿De este libro cuál fue el cuento que te costó más trabajo?
Creo que “Finales Felices”, es un cuento muy complejo desde el punto de vista estructural y también es una experimentación verbal que me gustó. Es un cuento sobre un feminicidio y es narrado desde la perspectiva del victimario, no de la víctima. Yo no creo que haya monstruos en la sociedad, quizás alguno que otro, pero me parece que la gente que comete atrocidades es normal, educada por los mismos sistemas de valores que tú y que yo y eso es verdaderamente problemático. ¿Qué tan lejos estamos nosotros de cometer una atrocidad entonces?, si la misma sociedad que educa a la gente, a los asesinos, a los feminicidas, a los sicarios, nos educa a nosotros, a los profesores, a los escritores, a los reporteros. Hay cosas buenas en la sociedad, pero también hay algo muy podrido.
¿Qué te aportó colocarte en el lugar del victimario?
Preguntas. Me parece que el juicio fácil ante prácticamente cualquier dicotomía o cualquier conflicto humano es una trampa. La realidad es muy compleja y tenemos que tomar en cuenta muchos aspectos. Este cuento no es sobre la defensa de un feminicida, sino sobre lo que un padre es capaz de hacer por un hijo, ¿qué haces si tu hijo sale mal o es un asesino? Creo que Rulfo la planteó con toda claridad, en “No oyes ladrar los perros”. Y la respuesta no es fácil, ca me parece que es una de esas preguntas que uno prefiere hacerse leyendo literatura que en la vida real. La literatura sirve para eso, para mostrarte cosas que tú no quieres vivir en carne propia.
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