La ultraderecha va por la Presidencia (pero no en 2024) | Artículo
Existen al menos tres razones para afirmar que lo que ha movido a la ultraderecha a postular a candidatos independientes no es su intención de ganar las elecciones presidenciales del próximo año.
- Antonio Salgado Borge

Antonio Salgado Borge*
Es tentador tomar el registro de Eduardo Verástegui como candidato presidencial independiente como un tiro al aire o un patético esfuerzo.
Hay buenas razones para ello. Resulta evidente que no hay forma de que la ultraderecha mexicana sea competitiva en las elecciones presidenciales de 2024.
Sirva el siguiente botón como muestra. Es un hecho histórico y trascendente que ambos bandos en disputa postularán a mujeres feministas y liberales en lo social, incluyendo al encabezado por la derecha. Y es fácil anticipar que sus plataformas, discursos y principales aliados navegarán en el mismo sentido.
Con esto en mente, las eventuales candidaturas un hombre ultraconservador respaldado por élites religiosas pueden parecer un evento de pena ajena; la confirmación de que, en nuestro país, las posibilidades de que la ultraderecha llegue al poder están muertas y bien sepultadas. Desde esta óptica, claro está, Verástegui se enfila derecho al pabellón de lo ridículo o, si bien le va, de lo inconsecuente.
Pero existen al menos tres razones para afirmar que lo que ha movido a la ultraderecha a postular a candidatos independientes no es su intención de ganar las elecciones presidenciales del próximo año.
La primera es que los movimientos de ultraderecha alrededor del mundo que han alcanzado el poder, o que tienen posibilidades reales de hacerlo, lo han hecho tras una serie de intentos fallidos que forman parte de un proceso continuo.
En ocasiones, es una misma persona la que, una y otra vez, lanza su candidatura buscando crecer gradualmente en las preferencias. Esto es lo que ha ocurrido, por ejemplo, con Marie Le Pen en Francia; en cada elección su respaldo se ha incrementado al grado que bien podría ser la próxima presidenta de ese país.
Te puede interesar > ¿Quién es Eduardo Verástegui? Aspirante a la candidatura presidencial independiente
Pero hay otras veces en que los grupos radicales de derecha van colocando los ladrillos de una estructura que luego permite encumbrar a personajes de momento. Esto es lo que hizo el Tea Party por el movimiento Maga que encabeza Trump dentro del partido republicano o lo que hizo Lega Nord por los Fratelli d’Italia de Giorgia Meloni.
La segunda razón que lleva a la ultraderecha a postular a sus candidatos, aun cuando sus chances de ganar son nulas, es que ello les permite plantar las semillas de sus ideas en la arena pública.
Vale la pena notar que en un escenario donde Xóchitl Gálvez, Claudia Sheinbaum o Marcelo Ebrard son las únicas figuras protagónicas no habría espacios de las ideas anti derechos –como las que se oponen al derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo o al pleno reconocimiento de los derechos de las personas LGBTI+. Tampoco queda margen para ideas contrarias a la separación entre iglesias y estado, el reconocimiento de la realidad de la emergencia climática o el acceso a una educación pública laica y de avanzada.
La presencia de Verástegui permitiría a este tipo de banderas ultraderechistas acaparar reflectores cuya atención no hubieran tenido de otra forma.
Alguien podría objetar que, en el contexto de una disputa presidencial marcadamente liberal en lo social, la cobertura de posiciones ultraderechistas tan sólo contribuiría a exhibirlas como lo que son: un conjunto de sandeces retrógradas, prejuiciosas y desinformadas; y que, a su vez, esta exhibición desinflaría su potencial electoral y político.
El problema con esta objeción es que la experiencia en otros países indica claramente lo contrario. En un principio, los medios dan espacio a las voces de la ultraderecha porque son disruptivas y escandalosas. Posteriormente, los mismos medios proveen espacios para quienes, con razón, buscan refutarlas públicamente.
A partir de aquí la dinámica adquiere un carácter circular, pues la ultraderecha responde elevando el tono. Así, las banderas y abanderados ultraderechistas logran una posición que no merecen y, con ella, incrementar la presencia y eficacia de sus discursos.
Una tercera razón que explica la decisión de la ultraderecha de postular a candidatos independientes, aun cuando saben que no es realista pensar en ganar las elecciones presidenciales del próximo año, es el potencial aglutinador que caracteriza a estas candidaturas.
De nuevo, lo ocurrido en otras partes del mundo sirve aquí como referencia. Concretamente, los casos de Italia, España y Estados Unidos ofrecen luz en este sentido.
El surgimiento en la arena pública de una voz que se atreve a defender posiciones ultraderechistas inmediatamente destapa cloacas a diestra y siniestra. Este es el caso, en buena medida, porque actualmente existen poderosas redes internas y externas que apoyan económica o socialmente a quienes decidan brincar al barco de la ultraderecha.
Una vez que la cantidad de voces y los recursos disponibles son evidentes, lo que inicialmente son individuos dispersos se articulan formal o informalmente alrededor del mismo proyecto –esta articulación puede resultar en desprendimientos de los grandes partidos de derecha, como en España, o en la toma total del control de esos partidos por parte de sus grupos más radicales, como en Estados Unidos–.
Vale la pena aterrizar esta dinámica en el caso de México. Tal como ha explicado claramente Bernardo Barranco en Aristegui en Vivo, una candidatura de Verástegui viene amparada por grupos ultraconservadores y con recursos sobrados, como el Opus Dei o la Legión de Cristo. También cuenta con el respaldo de Donald Trump, Steve Bannon, Vox y otras fuerzas de ultraderecha internacionales.
En este contexto, ya sea por convicción o por acceder a los recursos económicos disponibles sobre la mesa, distintas personas al interior del sistema de partidos (muy probablemente militantes del PAN) podrían decidir que es buen momento para mostrar su simpatía hacia las banderas de la ultraderecha, aun cuando no terminen de cambiar de barco.
Y es en la medida en que son más las voces y los recursos disponibles que se empiezan a constituir alianzas más directas y, finalmente, se articula un movimiento coherente; uno con la capacidad de lograr posiciones legislativas y de echar así a andar una bola de nieve difícil de detener una vez que ha iniciado su descenso.
La candidatura de Eduardo Verástegui no es entonces un tiro al aire o un patético esfuerzo. En realidad, estamos ante un evento bien planeado que sigue las instrucciones de un manual que ha sido empleado en otras partes del mundo.
De lo anterior no se desprende que el ascenso de la ultraderecha sea inevitable en México. Lo único que se sigue de las razones que en este artículo he planteado es que estamos siendo testigos de un paso crucial en el proceso de articulación de nuestra ultraderecha. Y que sería un error subestimar su potencial enfocando este fenómeno desde una óptica estrictamente cortoplacista.
*Profesor Asociado de Filosofía en la Universidad de Nottingham. Doctor en Filosofía por la Universidad de Edimburgo.

