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El laurel invisible: Vicente Quirarte | Discurso de ingreso a El Colegio Nacional (in memoriam)

Tras la muerte de Vicente Quirarte, entrañable miembro de El Colegio Nacional, las letras mexicanas quedaron en luto. Para rendir homenaje al poeta, cronista, investigador y profesor, compartimos un fragmento de 'El laurel invisible' (2026), el discurso con el que ingresó a este claustro académico.

  • Redacción AN / MDS
16 Aug, 2026 06:27
El laurel invisible: Vicente Quirarte | Discurso de ingreso a El Colegio Nacional (in memoriam)
Foto: El Colegio Nacional

Por Vicente Quirarte / Miembro de El Colegio Nacional*

I

[…] Expreso mi gratitud a El Colegio Nacional por considerar que mis capacidades puedan contribuir a los trabajos desarrollados por esta noble institución cuyo adjetivo es sustantivo y lo confirma parte esencial de México.

[…]

En el artículo segundo de su decreto de creación, puede leerse que uno de los propósitos de El Colegio Nacional es “fortalecer la conciencia de la nación”. ¿Cómo pueden contribuir la poesía y el poeta a esta finalidad práctica? Alí Chumacero dejó claro que los poetas “no son ciudadanos recomendables para disponer de algo más que de su propia conciencia”. Pero el joven que a los veintidós años publicó Páramo de sueños era consciente de que la rebeldía y la inconformidad son inicio obligatorio para que el trabajo invisible y constante del poeta sea tan vital y exigente como el del médico y el abogado.

“Fortalecer la conciencia de la nación.” Se fija y se mantiene ardiente la llama de un país cuando sus integrantes la animan con la provocación y el cambio. El pensamiento crítico es incómodo para el Gran Hermano, y no hay obra de arte ni hallazgo científico sin perturbación. A lo largo de la historia de El Colegio Nacional y en su divisa “Libertad por el Saber” se demuestra el poder del discurso de las letras sobre el discurso de las armas. Más idealmente, las armas y las letras concertadas en un solo, invencible argumento.

Rubén y José Emilio honran a El Colegio y honran al país que los vio nacer. Solicito la venia de El Colegio Nacional para desarrollar cursos que analicen los trabajos y los días de ambos autores. Igualmente, para dedicar otra parte de mis tareas a nuestra renaciente Ciudad de México. La ciudad que lleva en su nombre las seis letras no repetidas y siempre pronunciables del país que somos; la ciudad como máquina del tiempo donde mejor pueden examinarse los caminos paralelos y divergentes de la historia y la literatura; la ciudad como gran acumuladora de vidas más reales por ser imaginadas; la ciudad como mujer nutricia o devoradora; la ciudad en sus mujeres, desde la muchacha que rumbo al trabajo emprende su gesta cotidiana hasta la mujer dormida que conserva el nombre otorgado por los primeros mexicanos; la ciudad y sus imágenes, desde las pintadas por tlacuilos sobre papel amate hasta su actuación cinematográfica en la Época de Oro; la ciudad de la gran década nacional, cuando sus hombres de leyes, armas y letras cimentaron nuestro nacionalismo, nuestra existencia soberana.

[…]

Foto: El Colegio Nacional

II

[…]

Esta lección inaugural es una hipótesis de trabajo, y demanda futuro desarrollo: un viaje al país de los años verdes, donde todo se decide, con atisbos a otro dominio más lejano en el tiempo y el espacio: el de la infancia donde la alquimia es aún más sutil pero sus consecuencias, definitivas. Un viaje cada día más lejano y paradójicamente más próximo. Imágenes pretéritas vuelven impetuosas a tocar a la puerta, a recordar la necesidad de ser otra vez “la frente limpia y bárbara del niño” o un adolescente “sin Baudelaire, sin rima y sin olfato”. 

Nadie tan solo como el joven. Nadie tan acompañado, aunque lo pueblen ausencias y fantasmas. En el último año de preparatoria, entre otros asistentes, el muchacho que yo era llegaba a escuchar las lecciones de Octavio Paz en este antiguo colegio de la enseñanza, antes de que lo dotara de luz y espacios para otro siglo el arquitecto Teodoro González de León. Al enorme prestigio intelectual de Paz se unía la autoridad moral obtenida por su renuncia a la embajada de la India a raíz de los acontecimientos de 1968. Al extenderle mi ejemplar de Libertad bajo palabra, el poeta lo inscribió con generosidad espontánea. Sus palabras, sabias y aladas, me otorgaban fuerza y plenitud inéditas. Cruzaba la plaza mayor, torturado por el verso encontrado en Xavier Villaurrutia “de ser o no ser realidad”, y la certeza de que la vida está en otra parte.

Fue la época en que Paz escribió el “Nocturno de San Ildefonso”, hecho suyo por todo el que tuvo su segundo y verdadero nacimiento entre los arcos de piedra del antiguo colegio. En ese mundo acotado existió durante muchos años una sola preparatoria, un solo edificio, corazón de la juventud dueña de la vida. De ahí que cuando Paz vuelve al sitio donde poesía, revolución y erotismo integraban una sola trinidad ardiente, escribe las palabras: 

El muchacho que camina por este poema, 

entre San Ildefonso y el Zócalo, 

es el hombre que lo escribe […]. 

Paz utiliza el verbo caminar, esa poderosa forma de ejercicio espiritual que llevó a los jóvenes Fausto Vega, Rubén Bonifaz Nuño, Jorge Hernández Campos y Ricardo Garibay a recorrer la Ciudad de México de los años cuarenta desde el barrio de San Cosme hasta el de San Ángel, a fortalecer en esas caminatas su soledad, sus lecturas, sus amores. El joven aquel…, escribe Garibay en la novela donde a partir de su experiencia sintetiza la de aquella juventud: 

1941 fue el segundo año de preparatoria. Fue puntualmente durante trescientosesentaicinco días el júbilo y el calvario. La escuela se hizo el gozo de vivir y la aridez […]. Hace frío y yo me cubro apenas con un suéter ralo y no tengo frío, y no he desayunado y no tengo hambre…

Cuando se hace del trabajo creador eje principal de la existencia, lecturas obligadas son aquellas que examinan los afanes del joven. Pablo Neruda evoca su fiebre ante las páginas del Juan Cristóbal de Romain Rolland; con la misma pasión acudimos a la pregunta sin respuesta en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge o a las Cartas a un joven poeta de Rainer Maria Rilke; a El diablo en el cuerpo de Raymond Radiguet; a El juguete rabioso de Roberto Arlt; a Los niños terribles de Jean Cocteau. James Joyce puso todas las cuerdas en su sitio al consagrar su primera novela, desde el título, a la anatomía del joven artista, como también lo hizo Marcel Proust en las páginas de Jean Santeuil. Jack London demuestra en Martin Eden que el trabajo creador demanda constancia y resistencia contra la estéril lobreguez de uno mismo y sobre todo contra el señuelo que permite distinguir entre éxito y victoria.

Foto: El Colegio Nacional

El sol incandescente y ejemplar lleva por nombre Arthur Rimbaud, adolescente que, al herir mortalmente a la poesía, la hizo más grande y nueva al obligarla a caminar por delante de la acción. Entre otras muchas cosas nos enseñó que el cobarde huye y el valiente abandona. Sólo entonces puede ostentarse el orgulloso título de El abandonado, tras dar la media vuelta, soberbia y definitiva.

[…]

La memoria infantil es prueba de la convivencia con un reino donde imaginación y realidad, deseo y consumación carecen de fronteras. Sólo mediante la experiencia es posible la vuelta a la inocencia, al encuentro inicial con el misterio. El nacimiento a la poesía debe tener la fuerza instantánea del relámpago: furia y fulgor al mismo tiempo. Trueno y despertar. La irrupción del prodigio no puede ser ni frágil ni predecible: es hiperbólica, intempestiva y permanente.

 El tiempo es enemigo de la eternidad y volvemos a ella mediante la creación: rapto erótico en el sentido más amplio del término: explosión de vida, manifestación espontánea del atisbo a lo absoluto.

 

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* El Colegio Nacional, institución histórica dedicada a la divulgación de la cultura científica, artística y humanística, y Aristegui Noticias, medio de comunicación independiente y multiplataforma, colaboran para promover y difundir el quehacer intelectual de las y los colegiados, con el fin de acercarlo a nuevas audiencias.

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