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La gratitud del verano: instantes, nostalgias, experiencias (Texto de Gabriel Trujillo Muñoz)

“El que para mí escribir poesía sea un asunto serio no le quita el gozo que tiene el crearla”, reconoce el escritor en este texto a propósito de su nuevo poemario.

  • Redacción AN / HG
21 Jun, 2026 06:36
La gratitud del verano: instantes, nostalgias, experiencias (Texto de Gabriel Trujillo Muñoz)

Por Gabriel Trujillo Muñoz

La poesía es un asunto serio. Al menos para mí lo es. Los primeros libros que escribí y publiqué, como Poemas (1981), Percepciones (1983) y Moridero (1987) fueron poemarios. Alguna vez Felipe Garrido dijo, en la presentación de uno de mis libros, que yo era antes que narrador o ensayista, poeta. Ahora bien, el que para mí escribir poesía sea un asunto serio no le quita el gozo que tiene el crearla, el ponerla en el papel o la pantalla, el hacerla del conocimiento público.

Desde niño me he considerado poeta y narrador. Primero fui un poeta convencional porque en mis tiempos escolares, la poesía que podía conseguirse en el Mexicali de los años sesenta del siglo XX era tradicional: los sonetos del siglo de oro español, las rimas lacrimosas del romanticismo tremendista (Mamá, soy Paquito, no haré travesuras) o los versos musicalmente edulcorados de los poetas modernistas (con sus notables excepciones, como Rubén Darío y Manuel José Othón).

En Guadalajara, mientras me abría paso leyendo los tomos enormes de la carrera de medicina, también me fui familiarizando con los poetas contemporáneos, desde Ezra Pound y W. B. Yeats hasta Allen Ginsberg y Patti Smith. Dejé atrás los versos rimados y entré de lleno al verso libre. Y no hablo solo de poetas en lenguas extranjeras. En esos años, descubrí la poesía de José Carlos Becerra, Octavio Paz, José Emilio Pacheco, Alejandra Pizarnik y Cristina Peri Rossi. Como asiduo visitante de las librerías de la capital de Jalisco y, los fines de semana, de la ciudad de México, me hice lector tanto como escritor autodidacta. Viajero en búsqueda del vellocino de oro de la literatura.

Ya entonces quería ser poeta de mi tiempo y circunstancia. Escribir sobre lo que me importaba, sobre las experiencias de vivir en la frontera, de aceptar los prodigios del desierto, de contar lo que me sucedía en intereses intelectuales, en muchachas que amaba, en los hechos que se daban en mi país y en el mundo. Decir lo que pensaba sin morderme la lengua. Exponer lo que me parecía loable y criticable de mi entorno existencial. Lo que podía compartir desde el verso y las artes visuales. Los descubrimientos propios y las verdades ajenas. Las cosas perdidas y las vidas recobradas.

Y así, poemario tras poemario, algunos publicados por casas universitarias y otros por editoriales independientes, seguí mi camino. Desde la población fronteriza de Mexicali, en el norte mexicano, puse en verso lo que sentía y reflexionaba. Con el tiempo, algunos de mis poemarios se publicaron en otros países, como Bordertown (Universidad de Salta, Argentina, 2005), Poemas civiles (Amargord, España, 2013) o Civil Poems (Spuyten Duyvil, Nueva York, 2024).

Ahora, en 2026, se acaba de publicar por la editorial Bonilla-Artigas -con el apoyo del Colegio del valle de Imperial-, mi más reciente poemario, La gratitud del verano. Son poemas que abarcan, tentativamente, de 2018 a 2024. Es un libro de unas 180 páginas. Está dedicado a José María Mantero, profesor español y traductor de mi obra poética al inglés. Trae un epígrafe de la poeta estadunidense Maxime Kumin, que dice: “La poesía es como la agricultura. Es una vocación, necesita constancia”, idea con la cual concuerdo: la poesía es un trabajo de creación que planta semillas -preguntas, experiencias, momentos únicos- y cosecha versos, retratos, paisajes.

La gratitud del verano trata, como buena parte de mis poemarios, de temas diversos. Entre ellos están -aunque no son todos-, el paso del tiempo, la visión fronteriza del mundo, la vida como accidente y quebranto, el hallazgo amoroso que la mujer representa, la nostalgia por una ciudad que ya no existe, los espejismos que el desierto ofrece, la violencia que nos zarandea como la crueldad que nos define. Un conjunto de instantes donde la realidad es más de lo que aparenta ser ante nuestros sentidos, como en el poema en prosa “Vestigios”, donde digo: “Todo da vueltas, se acelera, se expande. Todo es diferente, multiplicado, caótico. La vida es sus tropiezos, sus caídas. La perpleja virtud de saber apenas una pizca del mundo, una muesca del tiempo. El viaje es su retorno, sus vestigios. La convicción de que nada es nuestro, de que existir es desandar el camino, volver al punto de partida, comenzar todo de nuevo”.

De esta manera, La gratitud del verano es un poemario de la vida tal y como la vivimos hoy en día: entre cegueras y tropiezos. Y sin embargo, doy gracias al verano no por sus calores, sino porque en su clima hostil he encontrado mi casa, mi destino. Que este desierto me pertenece, como me pertenecen tantas otras cosas: la frontera, la imaginación, el pasado y el futuro. Lo que soy aquí y ahora, lo que fui ayer y seré mañana: “Polvo al vuelo en su luz remota. Ráfagas de viento en su saludo”.

Incluyo aquí dos poemas que forman parte de este volumen de poesía. Espero les gusten.

 

Álbum familiar con viejas fotografías

 

Mi abuelo Isabel

Con un gallo de pelea

Entre sus brazos

Encaminándose al palenque

 

Mi abuela Josefina

En el arbolado

Patio de su casa

Partiendo una sandía

 

Mi tío Pedro

Con sus toros cebú

En su rancho ganadero

Riéndose de todo

 

Mi padre Gabriel

Mandando mensajes

En clave Morse

A la noche estrellada

 

Mi madre Margarita

Con pañoleta en la cabeza

Y pala en la mano

Desafiando al mundo

 

Yo

En la Cruz Roja

Con estetoscopio al cuello

Esperando una emergencia

 

Como si el tiempo

Fueran estas imágenes

Que se niegan a partir

Sin hacer antes

 

Un recuento en el camino

Un alto en la mirada

 

Retratos de la mujer que pinta su propio mundo

Para Paula Rego, en homenaje póstumo

¿Cómo derribar

El orden establecido

La obediente esclavitud

Los tormentos habituales?

 

Pintándolos

De los pies a la cabeza

Sin subterfugios: sin medias tintas

 

Mujeres cuyos cuerpos son

En sus heridas más dolorosas

En su vehemente griterío

El rostro de la vida

Para estos tiempos tan duros: tan fieros: tan infames

 

Un retrato del mundo

A nuestra imagen y semejanza

Donde ninguno de nosotros pueda decir

Que no estaba enterado: que no lo sabía

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