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“Un país con víctimas y desaparecidos, es un país donde no hay libertades”: Javier Sicilia y Jacobo Dayán

Los activistas y escritores dialogan sobre los distintos rostros del mal en su libro ‘Crisis o Apocalipsis’.

  • Redacción AN / HG
29 Jun, 2025 08:49
“Un país con víctimas y desaparecidos, es un país donde no hay libertades”: Javier Sicilia y Jacobo Dayán

Por Héctor González

 En 1995, el escritor español Jorge Semprún y el ganador del Nobel de la Paz, Elie Wiesel, sostuvieron un diálogo con motivo del cincuenta aniversario de la liberación de los campos de exterminio nazis. Inspirados en aquel encuentro, treinta años después, Javier Sicilia y Jacobo Dayán retoman el ejercicio para conversar sobre algunos de los grandes temas de nuestra época.

Invitados por el editor Andrés Ramírez, los activistas se juntaron, vía Zoom y en distintos momentos, con la intención de reflexionar sobre dónde estamos parados. El resultado del ejercicio es Crisis o Apocalipsis (Taurus), un volumen que pone sobre la mesa asuntos como el mal, la ética, la violencia y la erosión del Estado.

“Este libro es fruto de una larga conversación, que ya suma 14 años”, precisa Javier Sicilia. Agrega que, en su caso se concentraron en plantear diversas aproximaciones al tema del mal. “Nos interesaba hablar de la víctima, del problema de México, la crisis o el apocalipsis civilizatorio, y la idea del mal, en sí misma. Mientras para Wiesel y Semprún, el final del siglo XX dejaba ver cierta esperanza, nosotros, desde esta orilla y después de treinta años, vemos que la oscuridad sigue estando”.

Para Dayán, lo sucedido en el campo de concentración de Auschwitz resuena en el presente y de manera muy particular en México. “Auschwitz es un símbolo del desfonde civilizatorio que se vivió hace 80 años. A partir de entonces, la humanidad decidió o pretendió enmendar camino. Se entendió la importancia del reconocimiento universal de la dignidad humana, que hoy nos parece obvio, pero hace 80 años no lo era; y se trabajó en la creación de un sistema multilateral que tratara de contener las pulsiones bárbaras del ser humano, y lo que entonces se llamaba la tiranía del Estado”.

Sin embargo, hoy, sostiene, ambos elementos están nuevamente en crisis. Actualmente defender los derechos humanos es una labor “a contrapelo, hay que ver lo que está pasando en los Estados Unidos, Europa, Ucrania, en Gaza; Javier lo viene relatando desde que surgió el Movimiento por la Paz en México”.

Víctimas y crisis del Estado

El libro abre con La voz de las víctimas, apartado que llevó a Javier Sicilia a hacer a un lado la poesía, pare entrar en el territorio del activismo tras el asesinato de su hijo Juan Francisco, en marzo de 2011. “El relato de las víctimas en realidad lleva más de 14 años, pero si lo situamos como expresión pública en la conciencia nacional, sí nació con el Movimiento por la Paz. No obstante, y pese a que ya es bastante tiempo, nadie las está escuchando, continuamente las soslayan. No son prioridad en esta crisis humanitaria, aun así, lo importante es que el relato continúe. Así como pasó mucho tiempo antes de que los relatos de las víctimas de Auschwitz y los Gulag, adquirieran el peso suficiente para poder impulsar un cambio, o por lo menos una conciencia nueva, aquí también parece, se necesita tiempo para que surja una reedición de la conciencia de los derechos humanos para colocarla como parte fundamental de la vida de una nación. Sin eso, no podremos hablar de democracia. Un país con víctimas y desparecidos, es un país donde no hay libertades. En un país donde el Estado no responde y más bien es parte de la criminalidad, no hay vida política, ni vida democrática”.

Sicilia destaca el papel de los colectivos de madres buscadoras, en tanto que “están sustituyendo al Estado y nos muestran que la autoridad quiere enterrar a sus familiares junto con los criminales, pero la realidad es que es esta conciencia de las víctimas, la que hace que haya una vela encendida en medio de la oscuridad”.

En el capítulo El caso México, los dos hacen un diagnóstico del país que va más allá de la coyuntura. Sicilia, escribe por ejemplo que “el Estado Mexicano nació enfermo desde la Independencia, nació enfermo”, en tanto que Dayán plantea que el Estado “se ha convertido en gestor de mercados ilícitos e ilícitos a través de la violencia”.

Cuestionados sobre estos juicios, Jacobo es el primero sostener que “en 200 años de existencia de este país, nunca hemos vivido en un Estado de derecho, salvo momentos esporádicos, la constante ha sido que el poder político es tomado como botín; el Estado mexicano lo que ha hecho es utilizar su aparato e incluso a las instituciones en teoría de justicia, para gestionar la conflictividad social, para aumentar la obtención de recursos y de mercados lícitos e ilícitos”.

Agrega que actualmente vivimos un estado de excepción de facto, aunque parece una normalidad democrática. “La militarización de la vida pública genera una excepción; y en materia de justicia tenemos otro régimen de excepción, la prisión preventiva oficiosa es en sí misma un régimen de excepción. Lo que estamos viendo en realidad es la gestión, junto con el crimen organizado, del territorio, la población y los mercados”.

Una de las raíces del problema, explica Sicilia, radica en que en México “nunca se construyó ciudadanía. La que hay es muy pequeña y se construyó a sí misma porque el Estado nunca creó esa pedagogía y en cambio degradó el esqueleto moral de la nación. Es decir, el apoyo popular no se debe a simpatías, se debe al clientelismo. El apoyo popular que tiene el gobierno no es por una conciencia política, se debe a una razón de corrupción que aprovecha la degradación moral y utiliza la corrupción económica para que la gente se adhiera”.

Ambos coinciden en que este no es problema exclusivo de México. “Alrededor del mundo vemos regímenes populistas que obtienen grandes niveles de aprobación. Sucede lo mismo en El Salvador con Bukele, con Modi en la India, Erdogan,  Viktor Orban, Netanyahu, el mismo Trump. A partir de regímenes populistas que apelan a los sentimientos de revancha y emociones de la población, el modelo democrático liberal colapsó, fue incapaz de resolver la problemática de amplios sectores de la población”, expone Dayán.

Dios y ética

En la recta final del diálogo, los activistas ponen su foco en cuestiones menos coyunturales y reflexión sobre el mal, la religión y dios. “Su presencia en el libro parte de mi religiosidad”, reconoce Javier Sicilia, además sostiene que “no se puede abordar el problema del mal, si el ángulo de la filosofía religiosa, o de la filosofía metafísica, o de la teología, por eso decidimos caminar sobre esa vereda, pero evidentemente también parece un camino cerrado. La frase de Nietzsche, ‘dios ha muerto’ resuena terriblemente porqué en realidad él habla de la conciencia del mundo. Y casi al mismo tiempo, Dostoievski escribe en Los hermanos Karamazov, ‘si Dios ha muerto todo está permitido’. Y hoy es eso lo que estamos viviendo; hoy se puede trastocar la verdad y hacerla pasar por mentira; se puede utilizar el mercado de formas perversas. El crimen y el desprecio por las víctimas implica la muerte de Dios, que es, en un sentido más laico, la muerte del sentido”.

El reto en todo caso apunta el poeta, consiste en poder recuperar la idea de un sentido donde el centro de la vida sea el ser humano y el mundo en el que florece. “Necesitamos mirar la oscuridad tal y como se nos presenta para poder transitarla, sino la aceptamos, no podremos encontrar la luz”.

Dayán, en cambio, argumenta que la solución atraviesa la recuperación de valores éticos antes que políticos, “para eso hay que rescatar el sentido de la palabra y el sentido de la verdad, sin ambos no podremos reconstruir nada, y este acercamiento a la teología y a la filosofía es con un intento de rescatar el sentido, la palabra, la verdad”.

Sicilia concluye que visos los relatos de los indígenas, los feminismos y las víctimas de la violencia directa son visos de esperanza, “ahí se están preservando de alguna forma el sentido, la ética, la palabra, ahí puede emerger esa custodia del sentido ético, del sentido de la verdad y de la palabra, una refundación del mundo, pero por lo pronto parecemos empeñados en ir en dirección contraria. Toda crisis supone una oportunidad para cambiar, el problema que parece que no queremos hacerlo”.

 

 

 

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