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NAZA y la construcción social de la indiferencia | Por Lucía Toledo

Entre muchas otras cosas, NAZA nos muestra que el horror no siempre se presenta como una interrupción de la normalidad, y que, en determinadas circunstancias, esa continuidad de la vida cotidiana puede convertirse en una de las condiciones que hace posible la persistencia de la violencia.

  • Redacción AN / JSC
30 Oct, 2026 14:16
NAZA y la construcción social de la indiferencia | Por Lucía Toledo

Por Lucía Toledo /

Socióloga. Dra. en Ciencias políticas y sociales, UNAM.

Uno de los entrevistados de NAZA, el documental de Yuval Abraham y Rachel Szor, cuenta que después de participar en operaciones militares letales se fue a tomar algo con sus amigos. La naturalidad con la que relata ese pasaje resulta inquietante: la jornada termina, el trabajo queda atrás y comienza el tiempo de distensión. La violencia parece poder incorporarse a la rutina sin alterar el curso de lo cotidiano. La vida sigue… al menos para ellos.

Estrenado mundialmente en el Festival de Venecia en septiembre de este año, donde recibió el Premio Especial del Jurado, NAZA generó una fuerte controversia y provocó reacciones y amenazas contra sus realizadores por parte de funcionarios y sectores políticos israelíes. La película recoge testimonios sobre las operaciones militares israelíes en Gaza y muestra algunos de los mecanismos que permiten organizar la violencia, distribuir responsabilidades y convertir la muerte de civiles en una variable que puede calcularse y administrarse.

Algo que me interesa de NAZA es aquello que revela sobre las formas contemporáneas de ejercer la violencia, pero también lo poco novedosos que resultan algunos de los mecanismos que describe. ¿Qué hay de nuevo en las tecnologías de la guerra y qué hay de conocido en las condiciones sociales que permiten ejercerla? Las herramientas cambian, la capacidad de procesar información y seleccionar objetivos alcanza escalas inéditas, pero detrás de esa sofisticación tecnológica persisten viejas formas de deshumanización y desresponsabilización moral.

En Modernidad y Holocausto, Zygmunt Bauman cuestiona la idea de que el exterminio nazi hubiera sido una regresión a la barbarie, exterior y separada de la civilización moderna. Su análisis muestra cómo la racionalidad instrumental, la burocracia y la división del trabajo pueden contribuir a organizar la violencia. El exterminio no depende exclusivamente de individuos que experimenten un odio desbordado ni de monstruos: puede sostenerse mediante procedimientos, jerarquías y tareas especializadas, en las que cada participante cumple una función sin asumir necesariamente el conjunto del proceso.

Hay un momento de NAZA que conecta con esta idea. Uno de los entrevistados afirma que en su unidad no había un odio particular hacia los árabes y la violencia que describe no parece necesitar, al menos en su propio relato, una hostilidad personal hacia quienes son sus víctimas. Es posible participar en un sistema que produce muertes a gran escala sin reconocerse a uno mismo como alguien movido por el odio; el odio puede alimentar la deshumanización, pero su ausencia declarada no impide que esta opere a través de categorías, órdenes y procedimientos. Bauman llamó adiaforización a uno de los mecanismos por los cuales determinadas acciones quedan, en la práctica, fuera de la evaluación moral.

En NAZA esa lógica aparece cuando matar se presenta como una cuestión técnica; la selección de objetivos, el cálculo de las posibles víctimas civiles y la autorización de los ataques forman parte de un procedimiento. Un ejemplo es Lavender, un sistema de inteligencia artificial que los propios entrevistados describen en el documental.

Según sus testimonios, el sistema era utilizado por el ejército israelí para identificar a personas sospechosas de pertenecer a Hamás o a la Yihad Islámica Palestina y asignarles puntajes según la probabilidad de que formaran parte de esas organizaciones. La tecnología introduce una nueva escala de procesamiento y clasificación, pero también permite que decisiones humanas se presenten bajo la apariencia de resultados técnicos. La muerte queda integrada en un procedimiento que parece regirse por criterios de eficiencia y cálculo.

Hannah Arendt, al reflexionar sobre el juicio a Adolf Eichmann, desarrolló la idea de «la banalidad del mal». Con ella se refería a que las atrocidades podían cometerse sin que detrás hubiera necesariamente una voluntad demoníaca o un odio profundo, sino también una incapacidad de pensar críticamente sobre los propios actos y sus implicancias. Eichmann se refugiaba en las órdenes recibidas y el lenguaje administrativo que le permitían presentar sus acciones como el cumplimiento de una función. La cuestión central para Arendt era también la renuncia a ejercer el propio juicio: dejar de preguntarse por el significado y las consecuencias de aquello que se hace.

En NAZA, varios entrevistados afirman que simplemente seguían órdenes, mientras uno de ellos señala que para muchos formar parte de ese grupo de élite del ejército era un sueño. Estos testimonios permiten pensar en una combinación de obediencia a la autoridad, prestigio asociado a la pertenencia a un grupo selecto y aceptación de los procedimientos establecidos. El deseo de pertenecer y el reconocimiento institucional pueden desplazar la reflexión sobre los propios actos y la función que cada uno desempeña dentro de una estructura termina organizando también la manera en que interpreta sus decisiones y sus consecuencias.

Ahí aparece una de las preguntas centrales de Arendt: qué sucede cuando las personas dejan de ejercer su capacidad de juicio y aceptan como legítimo aquello que la institución les presenta como una obligación.

Mientras los entrevistados describen las operaciones militares, las imágenes muestran ventanas, balcones y habitantes de Tel Aviv ocupados en actividades cotidianas. Al otro lado de esa narración de muerte, alguien mira televisión, lava la ropa o prepara la comida. La elección visual recuerda a La zona de interés, la película de Jonathan Glazer que expone la vida doméstica de una familia junto al campo de exterminio de Auschwitz. No es casual que Glazer sea productor ejecutivo de NAZA. En ambas obras, la violencia aparece de manera indirecta en contraste con una normalidad cotidiana que parece continuar sin alteraciones. Lo que importa resaltar es la coexistencia de dos realidades: la de quienes experimentan la violencia y la de quienes pueden seguir desarrollando su vida diaria sin que esa violencia irrumpa de la misma manera en su experiencia.

Me parece importante pensar también en el lenguaje. En el vocabulario militar, las muertes de civiles pueden quedar subsumidas bajo la categoría de «daños colaterales». La expresión transforma a las personas en una consecuencia secundaria de una acción cuyo objetivo principal se define de otra manera. El término naza remite a la jerga militar utilizada para referirse a esas muertes, y aunque las palabras no producen por sí solas la violencia, contribuyen a organizar la percepción. No es lo mismo hablar de una familia asesinada en un bombardeo que hablar de una cifra prevista dentro de una operación militar.

Foto: Cortesía

En el primer caso aparecen los vínculos, las historias y las pérdidas; en el segundo, un dato que puede incorporarse a un cálculo. Uno de los entrevistados compara las operaciones militares con un videojuego y la analogía resulta significativa: la pantalla separa la acción de sus consecuencias corporales. Quien opera un dispositivo no necesariamente ve el rostro de quien morirá ni presencia el sufrimiento que sigue al ataque; esa distancia física y visual, sin embargo, no elimina el conocimiento de las consecuencias.

Otro de los testimonios del documental introduce una dimensión histórica significativa. El entrevistado explica que antes no podía entender cómo los alemanes habían participado en los crímenes contra el pueblo judío; ahora, después de su propia experiencia, dice que puede comprenderlo. No se trata de establecer una equivalencia entre el Holocausto y Gaza, sino de plantear una pregunta sobre la construcción histórica del enemigo y las condiciones que hacen posible la deshumanización, la que tampoco aparece de un día para otro. Se construye mediante discursos, clasificaciones, representaciones y prácticas institucionales que establecen quién merece protección y quién puede ser tratado como una amenaza. Cuando esas categorías se incorporan al lenguaje cotidiano y a los procedimientos de las instituciones, la violencia puede dejar de percibirse como una ruptura del orden y comenzar a presentarse como una forma de preservarlo.

Los testimonios de NAZA resultan relevantes también porque cuestionan, desde las propias voces de quienes participaron en las operaciones, el discurso oficial de defensa de Israel, según el cual las personas asesinadas en los ataques eran combatientes armados o integrantes de organizaciones terroristas. Sus relatos obligan a mirar la distancia entre la justificación pública de los ataques y las prácticas que describen quienes intervinieron en ellas.

Un aspecto interesante que se desprende de este testimonio tiene que ver con los límites de la memoria histórica. La memoria de una experiencia traumática no garantiza, por sí sola, el reconocimiento del sufrimiento ajeno. Haber sido víctima de una persecución no impide que, en otro contexto, una persona participe en prácticas de dominación o justifique la violencia contra otro grupo. Como advierte Todorov al reflexionar sobre los usos de la memoria, recordar el pasado no garantiza que sus enseñanzas se traduzcan en una conducta ética en el presente. La existencia de políticas de memoria, conmemoraciones y lugares destinados a preservar el recuerdo de los genocidios tampoco asegura que estos no vuelvan a repetirse.

Hacia el final del documental aparece un padre desesperado que busca a sus hijos entre los escombros de un edificio en Gaza. El contraste condensa la tensión que recorre toda la película. De un lado, una organización capaz de convertir la muerte en una tarea técnica, medirla y administrarla. Del otro, la experiencia concreta de quienes padecen sus consecuencias.

Entre muchas otras cosas, NAZA nos muestra que el horror no siempre se presenta como una interrupción de la normalidad, y que, en determinadas circunstancias, esa continuidad de la vida cotidiana puede convertirse en una de las condiciones que hace posible la persistencia de la violencia.