El Atlántico avanza hacia la costa y cambia la vida en la desembocadura del Amazonas | Mongabay Latam
Las lluvias y sequías intensas en la Amazonía cambian la interacción entre la desembocadura del río y el Océano Atlántico. Las consecuencias de estos cambios se observan en la disponibilidad de las especies más pescadas en la costa amazónica.

Por Gustavo Faleiros
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La desembocadura. Nos encontramos en el escenario donde se enfrentan dos grandes fuerzas de la naturaleza: el río Amazonas y el océano Atlántico. En la temporada de lluvias, es el río el que avanza más hacia el mar. Luego, en la sequía, es el mar salado el que comienza a ganar la batalla. El rastro del río más grande del planeta llega, en su período de mayor caudal, entre febrero y abril, hasta 1000 kilómetros hacia el interior del Atlántico. Cuando esta huella, también conocida como la pluma del río, llega al mar, arrastra una gran cantidad de nutrientes. Influenciada por la Corriente Marítima del Norte de Brasil, se desplaza hacia el Caribe llevando alimento a la profusa biodiversidad de los ambientes coralinos de esta parte del Atlántico.
En este festín de microorganismos y sedimentos que transporta el río Amazonas viven miles de especies, y de ellas dependen toda una sociedad y una economía. La mezcla de las aguas del Amazonas y del Atlántico no sólo dio origen a una de las regiones más hermosas del planeta, sino también a una cultura costera amazónica poco conocida tanto en Brasil como en el mundo. Cuando hablamos de la Amazonía, pensamos en la selva, pero no en la diversidad de paisajes de su litoral. Mucho menos en su mar de aguas turbias.
En esta sociedad ligada a los peces, a los manglares y al ritmo de la marea, los pescadores, los recolectores de crustáceos y la industria pesquera tienen un papel protagónico. Más cerca de la costa se encuentran los pescadores artesanales y quienes se dedican a la captura de camarones y cangrejos de agua salobre. Un poco más adentro en el mar están las embarcaciones industriales, que arrastran las redes en busca del camarón rosa, la merluza amarilla y los bagres migratorios.
Pero este equilibrio entre el río, el mar, el hombre y la naturaleza está cambiando rápidamente. El calentamiento global intensifica el ciclo hidrológico en la Amazonía, provocando lluvias y sequías más extremas. Los momentos y las cantidades de agua del Amazonas que llega al Atlántico ya no son tan regulares.
Osiel Barbosa Balieiro, conocido como «Bicudinho», un pescador de la playa de Goiabal, sabe que cuando encuentra en la red la merluza amarilla, la sarda, la lisaza y otros peces de mar, el agua salada, de color más claro, está ganando terreno. Pero cuando él y sus compañeros regresan de la pesca con peces de agua dulce, aquellos que se reproducen en la desembocadura del Amazonas, como la gurijuba, el dorado o la manitoa (tres tipos de bagre), es señal de que el río está prevaleciendo con su coloración fangosa.
Bicudinho tiene 49 años y lleva 32 viviendo en Goiabal, una playa de unos 40 kilómetros en Amapá, el estado más al norte de Brasil. Cuenta que ha sido testigo de grandes transformaciones a lo largo de estos años: la principal fue el avance de las mareas. A partir de 2013, dice, comenzaron a ocurrir con mayor frecuencia las «mareas lanzantes». Son las mareas de «agua grande» que avanzan sobre la costa.Casas, posadas y otros atractivos turísticos fueron destruidos por el mar. Muchos residentes ya se han ido de Goiabal y casi solo quedan pescadores.
“El agua salada va empujando”, dice Bicudinho.
En este tramo de la costa, los pescadores no necesitan un bote para lanzar las redes al mar. El terreno es tan plano que la marea hace el trabajo. Se clavan estacas de madera con una red atada en la arena, en puntos muy alejados de la playa. Los peces que trae la marea quedan enredados cuando la marea comienza a bajar.
El mar puede retroceder y avanzar, diariamente, de tres a cuatro kilómetros en Goiabal. La playa es una de las pocas franjas de arena en todo Amapá. El resto de la costa está prácticamente cubierto por manglares.
Precisamente por su topografía extremadamente plana y por estar en la desembocadura del Amazonas, la costa de Amapá es una de las más afectadas por el aumento del nivel del mar en todo Brasil. En promedio global, según datos del Servicio Copernicus de Medio Ambiente Marino de la Unión Europea, el nivel del mar ya se encuentra unos 20 centímetros más alto que a principios del siglo XX y, para finales de este siglo, las proyecciones indican que podría estar hasta un metro más alto. En la región de la desembocadura del gran río, un análisis inédito realizado para este reportaje revela que, en tan solo tres décadas, el aumento fue de 12.4 centímetros.
Las principales razones del aumento del nivel, según el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), son el aumento de la temperatura del mar y el derretimiento de los casquetes polares, fenómenos vinculados al cambio climático en curso.
La erosión acelerada es uno de los signos más visibles del aumento del nivel del mar, pero la salinización de los terrenos y los arroyos cercanos a la costa también la sienten los ribereños y los pescadores. Las áreas inundadas durante más tiempo y el aumento de la salinidad del agua alteran la economía local basada en la pesca y la extracción de recursos naturales.
En Goiabal viven solo siete familias, 18 personas, en su mayoría hombres. Las esposas y los hijos están en la ciudad más cercana —Calçoene—, donde hay escuelas y centros de salud. Mientras tanto, los pescadores viven en casas sencillas y pequeñas, equipadas sólo con lo necesario para trabajar, comer y dormir.
Dormir, en realidad, no tanto. Como señaló una de las residentes, Elita Santos, quien nos hospedó en su posada en Goiabal: «Esta gente apenas duerme porque está pendiente de las mareas». Si la marea comienza a bajar en plena madrugada, los hombres salen caminando siguiendo el retroceso del mar hasta los pilotes. Al llegar a ellas, recogen los peces enredados y regresan caminando con el mar subiendo tras ellos.
En las primeras horas de una mañana de mayo, un grupo de pescadores se asomaba en el horizonte, sus siluetas casi imperceptibles. Al igual que cualquier otro día, habían caminado seis kilómetros, siguiendo el vaivén de la marea. El hijo de Bicudinho, Antonio, y un compañero, Pedro, habían salido a las cuatro de la mañana mientras la marea bajaba. Regresaron principalmente con peces de río: gurijuba y piramutaba (otro bagre).
Además de la posada de Dona Elita, uno de los pocos negocios que aún funcionan en la playa de Goiabal es el restaurante de la familia de Thiago Monteiro de Lima, de 34 años. Él y sus padres se mudaron del yacimiento de oro de Lourenço, en Calçoene, hace 12 años con la esperanza de aprovechar el turismo en una de las pocas playas de Amapá. Pero la esperanza en el nuevo negocio no se concretó.
Frente a la terraza donde se sirven las comidas, nos muestra el piso de su casa. «¡Este lo rehicimos hace un año!». Justo frente al piso de cemento están los escombros de la terraza anterior, que fue destruida por el mar.
Para este reportaje de InfoAmazonia para la investigación Aguas Partidas, coordinada por el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP) en colaboración con el Instituto Serrapilheira y ocho medios de la región, visitamos comunidades pesqueras a lo largo de la costa de Pará y Amapá. Escuchamos cómo se perciben estos cambios desde la perspectiva del conocimiento tradicional. También entrevistamos a investigadores que se dedican a comprender cómo estos cambios a gran escala están alterando la desembocadura del río con mayor caudal del mundo.
Aguas grandes
Cuando escuchamos a los ribereños, muchos nos contaron que las mareas altas sólo se esperaban durante los días de luna llena. Sin embargo, en los últimos años, el cambio es notable y hay mareas de flujo tanto en los días de luna llena como en los de luna nueva.
La percepción de los residentes concuerda con lo que se observa en los datos. Un análisis inédito, elaborado por el investigador Guilherme Couto, con maestría en modelado computacional de la Universidad Federal de Juiz de Fora, utilizó un modelo Copernicus que combina simulación numérica con observaciones satelitales para la región de la desembocadura del río Amazonas entre 1995 y 2025.
Este estudio muestra una tendencia constante en el aumento del nivel del mar: en las últimas tres décadas, hubo un aumento promedio de 4.13 milímetros por año. En 31 años, esto equivale a un aumento acumulado de aproximadamente 12.4 centímetros en el nivel del mar, en promedio, en la región, según el modelo.
Entre 1995 y 2025, más de la mitad de los años registraron un nivel del mar superior al promedio histórico, según el análisis de Couto, quien forma parte del programa de formación en ecología cuantitativa del Instituto Serrapilheira. En 2025, por ejemplo, durante todo el período, el nivel del mar en la región de la desembocadura del río Amazonas se mantuvo por encima de ese umbral. Es decir, incluso el nivel más bajo de 2025 siguió siendo más alto que el nivel más alto registrado en años anteriores a 2010.
Los datos corroboran lo que relatan las comunidades costeras de la Amazonía: las mareas altas no solo son más constantes, sino también más prolongadas.
Al observar el calendario de inundaciones en la región, es posible visualizar cómo se produjeron estos cambios.
“Los cuadrados rojos indican que, en ese mes, el promedio mensual del nivel del agua superó la altura registrada en el 10 % de los meses más críticos del período de referencia. El patrón visual confirma el cambio climático en la región: los primeros quince años del gráfico son casi por completo azules, mientras que la última década se convierte en un bloque rojo casi continuo», describió Guilherme Couto en la nota metodológica que detalla los análisis realizados sobre el aumento del nivel del mar.
Otro parámetro observado en el análisis de Couto es la duración y la gravedad de estas inundaciones causadas por el mar.
“El panel inferior (sombreado en rojo) representa la gravedad. Responde a la siguiente pregunta: en los meses en que el agua superó la línea de riesgo, ¿cuánto se elevó por encima de ella? La curva ascendente demuestra que la inundación no solo dura más tiempo, sino que es cada vez más intensa en la costa”, señaló.
Los gráficos muestran que en los últimos años se han registrado hasta 12 meses ininterrumpidos en los que se ha cruzado la línea de riesgo. El tiempo de inundación crítica costera aumenta 3.8 meses cada década.
Un entorno, muchos ecosistemas
El Amazonas es el río que más agua dulce vierte al océano en todo el planeta. Casi una quinta parte de toda el agua que se mezcla con el mar proviene de este enorme río, el 17 % para ser más exactos. Por eso, cuando sus aguas se encuentran con el Atlántico, se determina el destino de miles de seres vivos. Esta dinámica de la pluma, junto con las corrientes marinas y los vientos, ha terminado por crear un entorno muy propicio para la vida.
A lo largo de la costa amazónica brasileña, que se extiende desde el estado de Amapá hasta el de Maranhão, se encuentra una biodiversidad marina sin igual, una de las franjas de manglares continuas más grandes del mundo. Solo en Amazonía se concentra el 80 % de la extensión de manglares de todo Brasil. Esta explosión de vida también está íntimamente relacionada con el bienestar de las comunidades de pescadores artesanales y con el rendimiento de la pesca industrial.
“La pluma del río Amazonas es uno de los fenómenos productivos más grandes del mundo”, afirma el ecólogo marino Eduardo Tavares Paes, de la Universidad Federal Rural de Pará, quien lleva quince años dedicado a estudiar lo que él denomina el ‘mar amazónico’. Dice que su labor ha consistido en hacer una síntesis de muchos estudios, “uniendo las piezas”, como él mismo dice.
Paes explica que esta característica única del ambiente marino de la desembocadura del río Amazonas se debe a la relación entre diferentes ecosistemas: los manglares, los arrecifes de coral y la propia pluma del río. Por eso, este mar amazónico puede considerarse un metaecosistema, es decir, un ecosistema que solo existe gracias a la interacción de otros ecosistemas. “La pluma, entre estos ecosistemas, tal vez sea la más importante; con sus nutrientes, es un ecosistema en sí misma. Y por su magnitud, es probablemente el principal modulador de la salinidad del Atlántico”, dice el investigador.
La pluma, o la estela de agua dulce y nutrientes, se adentra hasta 1000 kilómetros en el mar durante los períodos de mayor descarga —por lo general, de febrero a abril de cada año—. Aporta una gran cantidad de nitrógeno y carbono disueltos, lo que garantiza la existencia de una capa de materia orgánica ideal para la supervivencia de miles de especies, como la piramutaba y la merluza amarilla, ambas capturadas en grandes cantidades por los barcos industriales con redes de arrastre.
Un estudio coordinado por el Centro de Investigaciones sobre Biodiversidad Marina de la Región Norte (Cepnor) del Instituto Chico Mendes de Conservación de la Biodiversidad (ICMBIO), publicado en 2025,identificó 3286 especies que habitan en la desembocadura, muchas de las cuales son especies migratorias.
Teniendo en cuenta el estado de conservación de las especies, 67 de ellas se encuentran amenazadas en algún grado según la lista de especies en peligro de extinción en Brasil, principalmente peces cartilaginosos (40 %), peces óseos (31 %) y aves marinas (11 %). Entre los peces amenazados se encuentra, por ejemplo, el dorado, especie que realiza la mayor migración de agua dulce en todo el mundo.
Paes señala que sabemos muy poco sobre el mar amazónico, un entorno del que dependen miles de comunidades que viven en las costas. Solo en la zona llamada “Salgado Paraense”, 40 000 familias obtienen su sustento de los manglares preservados y de la pesca en la desembocadura. El estudio de Cepnor afirma que “la pesca genera más de 3500 empleos en la región, creando un mercado para más de 330 empresas formales y 2796 pequeñas empresas, que generan más de 82 millones de dólares al año, solo en exportaciones”.
A lo largo de los años, el pargo y el camarón rosa han sido los principales productos exportados de esta región, mientras que especies como el dorado y la manitoa, que son bagres migratorios con ciclos de vida entre el río y el mar, se destinan más al mercado interno.
“Sabemos mucho más sobre la selva y lo que ocurre en la parte continental de la Amazonía. Son años de investigación sobre los aspectos terrestres de la Amazonía y pocos recursos dedicados a los aspectos marinos”, señala el investigador.
Intensificación del ciclo hidrológico
Algunos científicos, como el propio Paes y sus colegas del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE), han llamado la atención sobre lo que califican como una intensificación del ciclo hidrológico en la Amazonía. Es decir, estaciones húmedas y secas más marcadas. Según estudios publicados con mediciones de estaciones pluviométricas y fluviométricas, la intensidad de las lluvias ha aumentado en las últimas décadas. Este volumen también se ha reflejado en el caudal del Amazonas.
Existe un «efecto sinérgico» entre el mayor volumen de agua dulce que llega a la desembocadura y el calentamiento de las aguas del Atlántico. El aumento de la temperatura del océano libera más vapor a la atmósfera y, con ello, eleva la intensidad de la temporada de lluvias. Esta mayor cantidad de agua hace que el río tenga más fuerza contra el mar, pero, en realidad, la temporada siguiente, la de sequía, también es más intensa, precisamente por el calor generado por la cantidad de humedad en la atmósfera.
El investigador Nelson Gouveia, colaborador del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE) y actualmente vinculado a la Universidad de Victoria en Canadá, se ha dedicado a investigar cómo el cambio climático y la deforestación pueden estar afectando el ambiente en la desembocadura del Amazonas. Fue él, junto con colegas del INPE, quien publicó en 2019 un artículo en el que describe la intensificación del ciclo hidrológico y cómo esto se relaciona con la deforestación que ocurre en la Amazonía.
“Estamos deforestando la Amazonía. Esto hace que el agua de lluvia permanezca menos tiempo en la cuenca. Es decir: llueve y el agua ya se escurre hacia la desembocadura y cae directamente al mar. Esto altera la resiliencia de la cuenca en esa zona, el agua se va rápidamente. Entonces, ese proceso de evapotranspiración y la formación de los ríos voladores se ve afectado”, explica Gouveia.
Otra línea de estudio que se está profundizando busca establecer los impactos de la deforestación sobre el comportamiento de la pluma de la Amazonía en el futuro. En un artículo aún no publicado y en proceso de revisión, Gouveia y sus colegas del INPE modelaron cuál será el impacto en caso de que la deforestación vuelva a aumentar en los próximos años.
Una proyección de pérdida del 45 % de la vegetación de la Amazonía muestra que podría producirse una reducción del 50 % en el caudal de los ríos afluentes al sur de la cuenca del Amazonas. Es decir, aunque el cambio climático pueda estar generando un aumento en las precipitaciones, a largo plazo, la tendencia es a la reducción de la cantidad de agua, señalan los investigadores.



















